Hablábamos en nuestro anterior artículo de los avances en la radioterapia que han llevado a un cambio de paradigma en esta opción de tratamiento y, por lo tanto, en las terapias contra el cáncer. Pero estos avances no se ciñen sólo a la radioterapia. El desarrollo de la tecnología y la incorporación de nuevas técnicas nos han llevado a la aparición de otros equipos, cuya eficacia y seguridad se encuentra actualmente a debate, como el acelerador de protones.

Es el caso de la llegada del conocido como acelerador de protones que permite aplicar, al igual que el conocido TrueBeam STx (radioterapia de fotones) poderosas dosis de radiación directamente en el tumor, con poco daño para el tejido sano circundante. Esto es especialmente importante cuando se tratan áreas cercanas a órganos vitales, como los pulmones, o tumores cercanos al ojo, el cerebro o el esófago, y también cuando se tratan cánceres en niños, cuyos cuerpos aún están creciendo y desarrollándose. Sin embargo, la radioterapia de protones tan en boca de todos actualmente, a diferencia de la conocida y ya documentada científicamente TrueBeam STx, no ha demostrado aún tasas de mayor supervivencia en comparación con el resto de técnicas.

Pero, ¿qué es un acelerador de protones? Su uso en el tratamiento del cáncer no es nuevo, se remonta a la mitad del siglo pasado. La terapia de protones requiere de la aceleración de partículas (específicamente átomos de hidrógeno sin electrones) para crear altos niveles de energía dirigida con precisión. Los protones se energizan en un acelerador de partículas denominado ciclotrón.

El primer ciclotrón se construyó en los años 30 en el Laboratorio de Radiación de Berkeley de la Universidad de California, Berkeley. No fue hasta 1946 cuando Robert R. Wilson, profesor de Física en la Universidad de Harvard, propuso por primera vez usar la aceleración de protones para el tratamiento del cáncer y en 1954, el primer paciente recibió la terapia de protones en el Laboratorio de Radiación de Berkeley.

Los ciclotrones y los programas de terapia de protones continuaron en la Universidad de Harvard (1961), la Universidad de California, Davis (1964) y el Laboratorio Nacional Los Alamos (1974). Sin embargo, la radioterapia con protones no recibió la aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos (Food and Drug Administration, FDA) de los Estados Unidos para el tratamiento de determinados tipos de cáncer, incluidos los tumores cerebrales hasta 1988.

Desde entonces, el debate sobre su eficacia en comparación con la radioterapia de fotones no ha cesado. En parte, porque son pocos los pacientes que pueden beneficiarse de la terapia de protones. Pacientes complicados, con tumores que se encuentran en una mala localización, lo que puede hacer muy difícil su extirpación, o en aquellos que aparecen después de haber sido tratados (recidiva).

A estas escasas indicaciones clínicas hay que sumarle su elevadísimo coste: una unidad de protones cuesta en torno a 30 millones de euros y esto encarece enormemente el tratamiento, sin que hasta ahora haya demostrado un valor superior a largo plazo.

Asentada, en cambio, está la radioterapia convencional que ha experimentado un giro copernicano gracias al avance tecnológico plasmado en el que se conoce hoy como eel Acelerador Lineal TrueBeam STx,  que ha superado a todos los aceleradores existentes actualmente en el mundo.

De hecho, gracias a la innovación técnica esta técnica ha supuesto un gran paso en el tratamiento de determinados cánceres, como en el de pulmón, ya que ofrece resultados similares a los que consigue la cirugía radical, con la diferencia de que reduce los daños en los tejidos sanos y duplica la supervivencia en pacientes no operables. Igualmente ha constatado su supremacía en el cáncer de próstata, en el cáncer pélvico, de mama, del tracto gastrointestinal y en determinados tumores de cabeza y cuello.

La ciencia avanza y con ella la esperanza de los profesionales que día a día luchamos contra el cáncer, pero tenemos que ser prudentes y honestos con nuestros pacientes, ayudándoles a ver las opciones de tratamiento disponibles para su caso particular, valorando la eficacia y la proporcionalidad del coste. Ayudándoles y acompañándoles en este camino hacia la curación, siempre que sea posible.